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domingo, 11 de octubre de 2009

Ailin y el hada




Las hadas viven en nuestro corazón y de ahí nunca se marcharán. Para los que no creen en las hadas, hoy les cuento esta historia, que ha ido pasando de generación en generación en mi familia hasta llegar a mí.


Mi abuela me contó, que le contó su abuela, que hace muchos años había una hermosa joven de cabello oscuro y largo, sonrisa radiante, manos suaves, ojos negros y grandes y su tez era morena, la hacían una de las muchachas más bonitas del pueblo.
Como todos los días, ésta iba a recoger flores a la llanura que estaba cerca de su pueblo, pero ese día no iba como siempre, no iba cantando y las lágrimas que salían de sus ojos bañaban su rostro de tristeza.
La muchacha, Ailín se llamaba, estuvo varios días que no hacía sino llorar, y en la llanura se sentaba en las raíces de n árbol para desahogarse y que nadie escuchara su pena.



Un día estaba sentada en la sombra de aquel flamante árbol y vio pasar algo
volando delante de ella y pensando que era una hoja no le dio mayor importancia. Al rato un hada, pequeña pero linda, se le acercó y le dijo:
- ¿Por qué lloras, Ailín?
- A pesar de ser tan hermosa y de tener muchos pretendientes, aún no sé lo que es amar, y mi corazón siente que solo late por seguir viviendo y no por que alguien lo haga latir para tener dos latidos en un mismo cuerpo.
- Ailín, eres muy joven para conocer el sentido del amor, pero pronto te llegará y volverás a sonreír como antes lo hacías, volverás a entonar las dulces y tiernas canciones que desprendían tus labios, y te sentirás flotando y pensarás que vuelas pero es el amor lo que hace que te sientas así.
- Tú, siendo tan chiquita, ¿Cómo puedes conocer todo eso sobre el amor?
- Porque aunque me veas pequeña, yo ya tengo mis años. No me puedo quedar más, tengo que irme, pero piensa que muy pronto estarás preparada para conocer el amor.
El hada desapareció. Aún con las palabras del hada Ailín se sentía desgraciada, y no quería seguir viviendo, quería sentir lo más rápido posible lo que era el amor y que nunca la abandonara.
Varios meses transcurrieron así. Ailín no era la de antes, ya no se cuidaba el cabello, y ya no se veía tan hermosa como antes, pero lo que más apenaba a la gente del pueblo era que sus ojos desprendían tristeza y se ponía a llorar en cada rincón que pudiera.





El hada se le aparecía todas las noches para darle consejos, pero aun así Ailín no recuperaba la sonrisa.
- ¿Cómo me sigues diciendo que mi amor va a llegar? Han pasado varios meses y aun no ha pasado nada, mi corazón cada día esta mas débil y no sé cómo combatir eso.
- Ailín, la paciencia es una virtud que todos debemos aprender, y tú eres una de las personas más dulces, bellas, tiernas y amables que he conocido a lo largo de mi vida, pero aún así te falta algo importante, saber aprender, saber vivir, y sobretodo tener paciencia.
- No puedo tener paciencia cuando veo que mi rostro se marchita y mi belleza queda en el olvido.
- No debes fijarte en la belleza del exterior, fíjate en la belleza del interior que es la importante. Puedes ser un demonio con cara de ángel, o puedes ser un ángel con cara de demonio, pero lo que tienes en el corazón
nadie te lo podrá quitar jamás.
Dicho esto el hada se marchó una noche más, dejando a Ailín sola con su pena.
Al escuchar las últimas palabras del hada que la acompañaba cada noche, se dio cuenta de que era muy hermosa, y que si su belleza quedaba en el olvido era porque ella quería. Se levantó y se puso lo más hermosa que pudo, se peinó el cabello, y volvió a esbozar una sonrisa, salió de su casa para dar un paseo con la luz de la luna por testigo de que ella había vuelto, y de que pronto sentiría el amor.
El hada la vio salir de la casa y la siguió. No sabía a dónde se dirigía, pero se pensó lo peor, y no quería que a Ailín le pasara nada malo, pues se había encariñado mucho con ella, y le tenía mucho afecto.





Ailín, se dirigió a la llanura, y se sentó donde se solía sentar a llorar, pero esta vez no lloró, entonó una canción y su voz llegó hasta los oídos de la gente del pueblo, que hipnotizados por la dulzura de la voz se quedaron despiertos a oír ese dulce cantar.
Después de largo rato cantando se sintió mejor, y se disponía a volver a su casa, pero alguien habló de detrás de unos matorrales.
- No te vayas por favor, sigue cantando.
- ¿Quién eres? - Dijo Ailín acercándose al matorral.
- No te acerques por favor, no querrás verme, yo solo quiero que sigas cantando, tu voz es tan dulce que no quiero parar de escucharla ¿Podrías cantar otra canción para mi?
Ailín estaba intrigada, pero aceptó la petición. Cantó otra canción, y cuando terminó, quiso mirar detrás de del arbusto, pero allí no había nadie.
Todas las noches iba para la llanura a cantar una canción, y siempre detrás del arbusto le decían que cantara otra y ella aceptaba.
Un día, decidió hablar con esa persona que estaba detrás del arbusto y, cuando le pidió otra canción, ella dijo.
- ¿Cómo te llamas?
- Steven.
- Steven, ¿Por qué nunca dejas que te vea?
- Te asustarías de mi rostro.
- ¿Por qué debo asustarme?
- Tuve un accidente, mi casa se incendió y ahora tengo el rostro desfigurado, pero no quiero hablar de ello, me gustaría que cantaras otra canción.
- Steven, todas las noche vengo aquí con la fe de poder verte, y ahora que me has dicho los motivos de el por qué no quieres que te vea, más ganas me dan de verte. No me asustaré, sólo quiero poder darte un beso, puesto que eres el único chico con el que he estado tanto tiempo, y siento que mi corazón late junto con el tuyo. No podría irme de aquí sin poder verte,aunque solo sea una vez, aunque después no quieras que te vea más.
Steven se quedó pensativo. No sabía qué hacer. Él la había amado desde el momento en que la vio, pero su rostro, incluso él cuando se miraba en un espejo se daba miedo, y no quería que nadie lo viera, por eso solo salía por las noches, y cuando escuchó la voz de Ailín se quedo prendado, y cuando la vio se enamoró.
Steven se fue y no dejo que Ailín lo viera, y esa noche Ailín volvió a la tristeza.





El hada volvió, y hablando con Ailín se enteró de toda la historia.
- No puedes obligar a Steven a que lo veas. Él está dolido por cómo lo ha tratado la gente desde el accidente. Debes entender su situación.
- ¿Tú lo conoces?
- Ailín, sí, lo conozco, y con él he hablado de ti, como voy a hacer ahora
contigo.
El hada le contó todo lo que sabía de Steven a Ailín, pero no le dijo como podía encontrarlo, puesto que había sido petición de Steven que no se lo dijera y ella se sentía en la obligación de no decírselo.
- Ya entiendo el amor, sé lo que se siente, y aunque sea correspondida no puedo sentirme del todo completa porque no puedo tener la persona que amo a mi lado.
- Ailín, tiempo al tiempo, aunque si quieres besarlo, sé una manera de que lo puedas besar sin que lo veas.
A la noche siguiente Ailín se puso a cantar como todas las noches, y Steven apareció. Ailín le contó lo que le había dicho el hada, y Steven aceptó, puesto que no había nada de malo en ello.
Ailín se tapó los ojos con un pañuelo que había traído.
- Ya puedes salir.
- ¿Seguro que no ves nada?
- Estoy segura, como no vengas me voy a caer.
Steven salió de entre las sombras y su rostro se iluminó por la luna, a pesar de las quemaduras en su rostro se veía que era un muchacho hermoso.
Abrazó a Ailín, y ésta se dejo llevar. Había prometido no quitarse la venda, y lo agarró de la mano. Se dieron un largo y tendido beso, y cuando terminaron, Steven le dijo:
- ¿Por qué te has enamorado de mí? No me has visto, nunca nos hemos tocado pero aun así siento que tu corazón late al compás del mío.
- Steven, un hada me dijo una vez que no importa la belleza exterior, si no la interior. No me hace falta verte para saber que eres una persona hermosa por dentro y, si para poder besarte, tengo que hacer esto todas las noches lo hago, porque mi amor es tan grande que ve mas allá de las vendas que tienen la mayoría de la gente en los ojos. Yo veo en tu interior y sé que eres hermoso.
- Ailín, puedes quitarte la venda, puedes verme si quieres.
- Dicho esto, Ailín se quito la venda, pero no se asustó, tuvo una radiante sonrisa en los labios y lo miró a los ojos.
- Eres muy hermoso, no quiero separarme de ti nunca.
Poco después Ailín y Steven se casaron, la gente del pueblo se sintió avergonzada por cómo habían tratado a Steven y comprendieron que la belleza está en el interior.


Ruth Basto Trujillo

viernes, 9 de octubre de 2009

La leyenda del hada de fuego



Hace mucho tiempo, cuando ni el sol ni la luna se habían creado
y del cielo no colgaban todavía las estrellas, el mundo estaba sumido en la más absoluta oscuridad. Por aquel entonces sólo vivían en nuestro planeta seres mitológicos como los elfos, ogros, enanos, etc. Para ver utilizaban antorchas y los árboles estaban desnudos, sin hojas ni flores que adornasen sus largas ramas,

que se alzaban hacia el cielo, como si buscasen la luz para poder ser más que unos simples troncos que no daban señales de vida. Era pues, un planeta triste y silencioso.
Cierta vez, el dios que reinaba sobre los elementos, se enamoró de un hada de extraordinaria belleza. Cuando su amor se vio correspondido, se casaron, a pesar de que estaba muy mal visto entre seres de distinta raza. Ellos eran felices, pues se tenían el uno al otro, pero el hada deseaba ser madre y se empezó a sentir muy desdichada, porque sabía que era imposible. Todo esto lo supo una ninfa amiga suya y le propuso un trato: podría tener hijos, pero todos pertenecerían a la raza de las ninfas. El hada aceptó, pues su deseo de ser madre podía con cualquier impedimento.
Pasó el tiempo y el hada quedó encinta. Luego llegó la hora del parto. Primero nació una ninfa que tenía el don de la belleza y que representaría el elemento del agua. Luego otra que sería muy inteligente y que representaría la tierra. Poco después, nació la ninfa del aire, la más ágil y rápida. Y por último una que sería la más bondadosa, cuyo elemento era el fuego.




Las cuatro ninfas de los elementos fueron criadas por sus padres y tuvieron una infancia muy feliz. Cuando se hicieron mayores, su madre las envió para que convivieran con el elemento de cada una y éstas partieron a los pocos días.
Un año después, las cuatro hermanas se encontraron. Después de multitud de abrazos y risas, decidieron contar cada una su experiencia.
Habló primero el agua, la primera en nacer: - Yo he visto manantiales y cataratas. He visto el rocío de la mañana y la fresca lluvia. Me encanta el elemento que represento.
- Pues yo -dijo la tierra, que era la siguiente- he visto grandes montañas. He entrado en bellas cuevas y me he tumbado en la fina arena de la playa. Mi elemento es hermoso.
- Yo, como ninfa del aire -dijo la siguiente- he oído ulular al viento y lo he sentido acariciando mi piel. Ha jugado con mis cabellos, ¿no es maravilloso?.
Las tres ninfas, que ya habían acabado su relato, callaron, esperando oír la historia de su hermana. Como no decía nada, le preguntaron: -¿Y tú qué has visto?, ¿cómo es el fuego? Ésta aguantó las lágrimas, horrorizada de la experiencia que había vivido. Pero decidió compartir su congoja con sus hermanas.
- ¡Ha sido horrible! He visto monstruosos rayos que rompían en el cielo y que hacían temblar todo con su sonido. He visto a las llamas quemar los bosques y casas, destruyendo todo a su paso y matando a mucha gente. Lo he pasado muy mal. Odio el fuego, ¡lo odio!
Sus hermanas, que eran crueles y no sentían compasión le, respondieron: - Eres pues, un ser malvado. No te queremos con nosotras y nadie querrá estar contigo. Deberías irte lejos de aquí. Eres una deshonra para nuestra familia.
Al oír esto, la pobre ninfa del fuego se fue, llorando sin consuelo. Sus hermanas pensaron que moriría de dolor y, al poco tiempo, volvieron a casa. Sus padres las recibieron con gran alegría, pero echaron en falta a su hija pequeña. Cuando les preguntaron por ella, las tres ninfas mintieron y dijeron que no la habían visto. La madre decidió salir a buscarla y a todo el mundo le preguntaba por su hija perdida.
Un ser pequeño, redondo y de grandes ojos había estado presente en el encuentro de las cuatro ninfas y se lo contó todo. El hada se marchó llorando al enterarse, dando a su hija por muerta y decidió castigar a sus tres hijas. Creó las inundaciones, los terremotos y los huracanes y las ninfas se sintieron muy desgraciadas. Pero la ninfa del fuego no había muerto.

Cuando se separó de sus hermanas voló y voló hacia el cielo, como queriendo huir de aquel mundo. Y cuando no pudo más y se creyó morir, una luz inundó todo su cuerpo, una luz tan grande que alumbró la Tierra, aunque la había dejado muy, muy atrás. Y la estela que dejó mientras volaba se convirtió en lindos luceros. Así pues, se había transformado en el sol y su rastro en las estrellas. Y con su luz en los árboles brotaron hojas, frutos y flores de todos los colores y muchas plantas muy diversas. Nacieron multitud de animales y la Tierra se convirtió en un planeta hermoso. Cuando volvió a ver una tormenta se asustó un poco, pero su luz traspasó las gotas de lluvia y se deshizo en mil colores: el primer arco iris.
La ninfa del fuego no se volvió a sentir desgraciada,

pues ella, el sol, era fuente de vida y disfrutaba viendo desde allí arriba todas las cosas bellas que había creado. Su madre se sintió muy feliz, pues su hija había comprendido la importancia de su elemento, a partir del cual se obtiene todo lo demás, que le da vida a todo y que nos permite observar las maravillas de la naturaleza. Y para no perderla nunca de vista creó un gran espejo que reflejase a su hija cuando se escondía en el horizonte y le llamó Luna.
Hoy en día el sol nos inunda con su luz cuando es de día, y cuando éste se pone salen la Luna y las estrellas y todos miramos hacia arriba para contemplar tanta belleza. Y es entonces cuando nuestra amiga se siente más feliz..
(Por Buttercup)