martes, 21 de junio de 2011

El Mayab, el faisan, el venado y la serpiente

 


Hace mucho, pero mucho tiempo, el señor Itzamná decidió crear una tierra que fuera tan hermosa que todo aquél que la conociera quisiera vivir allí, enamorado de su belleza. Entonces creó El Mayab, la tierra de los elegidos, y sembró en ella las más bellas flores que adornaran los caminos, creó enormes cenotes cuyas aguas cristalinas reflejaran la luz del sol y también profundas cavernas llenas de misterio. Después, Itzamná le entregó la nueva tierra a los mayas y escogió tres animales para que vivieran por siempre en El Mayab y quien pensara en ellos lo recordara de inmediato.

 

Los elegidos por Itzamná fueron el faisán, el venado y la serpiente de cascabel. Los mayas vivieron felices y se encargaron de construir palacios y ciudades de piedra. Mientras, los animales que escogió Itzamná no se cansaban de recorrer El Mayab. El faisán volaba hasta los árboles más altos y su grito era tan poderoso que podían escucharle todos los habitantes de esa tierra. El venado corría ligero como el viento y la serpiente movía sus cascabeles para producir música a su paso.


Así era la vida en El Mayab, hasta que un día, los chilam, o sea los adivinos mayas, vieron en el futuro algo que les causó gran tristeza. Entonces, llamaron a todos los habitantes, para anunciar lo siguiente: —Tenemos que dar noticias que les causarán mucha pena. Pronto nos invadirán hombres venidos de muy lejos; traerán armas y pelearán contra nosotros para quitarnos nuestra tierra. Tal vez no podamos defender El Mayab y lo perderemos.

 

Al oír las palabras de los chilam, el faisán huyó de inmediato a la selva y se escondió entre las yerbas, pues prefirió dejar de volar para que los invasores no lo encontraran.


Cuando el venado supo que perdería su tierra, sintió una gran tristeza; entonces lloró tanto, que sus lágrimas formaron muchas aguadas. A partir de ese momento, al venado le quedaron los ojos muy húmedos, como si estuviera triste siempre.

 

Sin duda, quien más se enojó al saber de la conquista fue la serpiente de cascabel; ella decidió olvidar su música y luchar con los enemigos; así que creó un nuevo sonido que produce al mover la cola y que ahora usa antes de atacar.


Como dijeron los chilam, los extranjeros conquistaron El Mayab. Pero aún así, un famoso adivino maya anunció que los tres animales elegidos por Itzamná cumplirán una importante misión en su tierra. Los mayas aún recuerdan las palabras que una vez dijo:

—Mientras las ceibas estén en pie y las cavernas de El Mayab sigan abiertas, habrá esperanza. Llegará el día en que recobraremos nuestra tierra, entonces los mayas deberán reunirse y combatir. Sabrán que la fecha ha llegado cuando reciban tres señales. La primera será del faisán, quien volará sobre los árboles más altos y su sombra podrá verse en todo El Mayab. La segunda señal la traerá el venado, pues atravesará esta tierra de un solo salto. La tercera mensajera será la serpiente de cascabel, que producirá música de nuevo y ésta se oirá por todas partes. Con estas tres señales, los animales avisarán a los mayas que es tiempo de recuperar la tierra que les quitaron.

 

Ése fue el anuncio del adivino, pero el día aún no llega. Mientras tanto, los tres animales se preparan para estar listos. Así, el faisán alisa sus alas, el venado afila sus pezuñas y la serpiente frota sus cascabeles. Sólo esperan el momento de ser los mensajeros que reúnan a los mayas para recobrar El Mayab.

 

viernes, 17 de junio de 2011

Claustrofobia


La cueva, ante sus ojos, parece tener un raro poder hipnótico.
La entrada es poco más alta que el tamaño medio de un ser humano. Quizá un metro noventa, o quizá menos...
Pero Toño se siente irresistiblemente empujado a entrar en ella.
Algo, en su interior, grita desesperadamente. Le previene de que no debe traspasar el umbral de piedra.
Toño vacila.
Da un paso.
Luego otro vacilante, luego otro más seguro...
Finalmente, penetra decididamente en el oscuro agujero.
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El interior no es tan oscuro como él temía. Avanza entre un olor dulzón a tierra húmeda. Las paredes, efectivamente, rezuman humedad, minúsculas gotas que resbalan lentamente, como perezosas lagartijas, roca abajo, hasta ser absorbidas por la tierra que tapiza el suelo de la cueva.
El pasillo se alarga, entre curvas suaves. Toño nota que sus cabellos rozan algo. Es el techo de la cueva. Parece como si el techo estuviera cada vez más bajo. Quizá el pasillo se estrecha paulatinamente a medida que se prolonga...
Esa sola idea basta para atenazarle el corazón. Su corazón, débil y enfermizo de por sí... un corazón aprensivo que no resiste la idea de cuatro paredes cerradas...
¡CLAUSTROFOBIA!
Esa es la palabra...
Y en ella refleja todo su temor. Un temor formado por una parte de morboso placer, que le empuja a seguir adelante por el corredor de piedra a sabiendas de que las paredes son cada vez más estrechas y el techo y el suelo se hallan cada vez mas cerca...
La fuerza invencible sigue empujándole adelante, aunque ahora debe caminar ya agachado...
La luz disminuye. Debería haber desaparecido ya, pero aún basta para vislumbrar levemente el camino que se extiende serpenteante ante él. Un brusco descenso del techo. Toño tiene que caminar sobre sus rodillas y sus codos para seguir avanzando.
Aquella depresión del techo pasará pronto... tiene que pasar... y luego podrá seguir caminando normalmente, erguido, quizá incluso se halle en una caverna natural con estalactitas y estalagmitas... Una foto de las Grutas de Cacahuamilpa pasa fugazmente ante sus ojos.
 [claustrofobia.jpg]
Respira fatigosamente, con una extraña opresión. El esperado ensanchamiento no llega. En vez de eso, el paso entre las paredes de piedra es cada vez mas angosto, obligándole a arrastrarse como una serpiente para seguir avanzando, empujado por alguna extraña e incomprensible fuerza...
Asustado, Toño se da cuenta de que ya no tiene espacio ante él. El corredor, angosto como una conejera, termina bruscamente ante la piedra que forma el corazón de la montaña, como si algún desalentado ingeniero hubiera dejado su trabajo e medio terminar...
Claustrofobia...
El asfixiante terror a los espacios cerrados hace presa en él.
Debe volver atrás, rápidamente, ganar la salida, el cielo azul, el aire fresco, la,...
No, no es posible.
¿Por qué no puede retroceder?
 
Sus manos se apoyan fuertemente en el suelo a fin de intentar impulsarle hacia atrás... pero es inútil.
No puede moverse. Por lo menos, no con ayuda de las manos.
Entonces son las rodillas las que, desesperadamente, tratan de constituirse en punto de apoyo para impulsarse hacia atrás. Pero sólo consigue desgarrarse la tela del pantalón y desollarse la piel.
No puede moverse. Está clavado en el suelo, con la roca sobre su espalda, bajo su pecho, ante su cabeza y quizá, muy posiblemente, detrás de sus pies...
Como una película, un brutal zoom hacia atrás le hace ver a si mismo prisionero en una inmovible cárcel de piedra, con toneladas de piedra sobre él y debajo de él, por delante, por detrás, como si ahora también él formara parte de la montaña que le ha aprisionado en sus entrañas...
Abre la boca.
Llena sus pulmones de aire viciado, húmedo, oscuro, con sabor a tierra. Un alarido desesperado, desgarrador, salvaje, brota de su garganta.

-Toño... por Dios, ¿qué te ocurre?
La mano de Ana, fuertemente, le sacude.
El final del alarido sale, agonizante, de sus pulmones.
-Toño... ¿qué tienes?
Mira a su alrededor. Un armario, un rectángulo de luz que viene de la calle. Lo único que toca su cuerpo es la ropa del pijama, y encima de ella la de la cama.
Ana, preocupada, le mira con cierta inquietud.
-Ha sido ese sueño otra vez, ¿verdad?
-Si... el horrible... ¡me moriré si sigo soñando eso! Mi corazón... no lo resistirá...
-Tranquilízate, cariño... mañana volveremos otra vez a ver al cardiólogo.
Y, si es necesario, a un psicoanalista. Pero tienes que dejar de soñar esas cosas horribles...
-¿"Esas", dices? No, Ana... Sólo hay una pesadilla... sólo una... siempre la misma...

El médico retira los cables, que se han calentado al contacto con el cuerpo de Toño.
Luego, tira de una larga hoja de papel y observa los grafismos de cordillera que la cabeza lectora ha impreso en ellos.
-Tenemos que cuidarnos, amigo- dice, empleando ese "nos" tan característica y paternalista de los médicos.
-¿Estoy peor?
-Bueno, no es eso exactamente... pero no hay mejoría, que es lo que nosotros esperábamos. Ese corazón está muy fatigado...
 
-Toma... aquí tienes las gotas...
Toño, obedientemente, las toma mientras Ana acaba de abrocharle la chaqueta del pijama y pasa cariñosamente los dedos por la piel de su pecho.
-No te desmoralices, ¿quieres? No me gusta verte deprimido...
Toño asiente, en silencio. Su frente se puebla de un sudor frío. Acaba de presentir que volverá a tener la pesadilla.
Se tumba en la cama, se arropa, aprieta las sábanas en torno a su cuerpo como para protegerse de un enemigo invisible y viscoso que caerá sobre él en cuanto Ana apague la luz de la mesilla de noche...

La cueva. La oscuridad.
Olor a humedad, un pasillo cada vez más angosto... piedras que aprisionan su pecho, su espalda, toso su cuerpo...
Un alarido. Otro más. El último.

Ana, sobresaltada, toca el cuerpo de Toño. Rígido, frío. Sus ojos están clavados en el techo, como si éste se hubiera movido, como si hubiera bajado para aplastarle...
Su corazón no late desacompasado como es habitual después de su pesadilla. Ana aplica el oído al pecho de Toño. Nada. Silencio. Su corazón se ha detenido.

Todo es oscuro. Toño abre los ojos. La pesadilla otra vez...
Sigue el olor a tierra, y el olor a humedad. Intenta mover los brazos, pero no puede. Quizá con las rodillas...
Pero, como es habitual, tampoco las rodillas sirven.
Tendrá que gritar para despertarse y acabar con aquella horrible angustia.
Abre la boca. Va a gritar. Pero, de repente, algo cruza su mente.
Hay algo distinto. ¿Qué es?
La posición... no está boca abajo, como cuando lucha desesperadamente para salir del túnel.
No. Está boca arriba. Boca arriba...
Y hay otro olor. Un olor nuevo, aparte de la humedad, la tierra... un olor a madera.
A madera recién barnizada.
Toño adivina que el barniz es de color negro. Y advierte ahora el movimiento exterior... un movimiento de balanceo...
Un golpe brusco. Es el final del viaje. Algo blando cae sobre él, sin tocarle, pero Toño oye el ruido, nota la vibración. Olor a tierra Húmeda, recién movida...
Intenta gritar, pero ningún sonido sale de su garganta. Y las paletadas de tierra, lenta e inexorablemente, caen sobre la tapa de su ataúd mientras Toño desgarra sus uñas contra la madera, en un salvaje e inútil intento por sobrevivir...
Su palabra terrible, claustrofobia, se une ahora a otra mucho más terrible aún: catalepsia...
¿Por qué no esperaron un poco entes de enterrarlo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ...
Este viernes se estrena 'Enterrado', cinta que transcurre en un ataúd

lunes, 13 de junio de 2011

La hidra de Lerna


Al sur de la ciudad de Argos, no lejos de Tirinto y de Micenas, había pantanos de agua dulce alimentados por manantiales.

 El pantano de Lerna tomaba su nombre de la cercana ciudad homónima, y se decía que más allá de las aguas estancadas se abría la entrada a los infiernos; custodiaba esta puerta un terrible monstruo que atacaba los rebaños y saqueaba con frecuencia los territorios de los alrededores. Era una hidra, una serpiente acuática, hija de Equidna y de Tifón, a la que Hera había criado apropósito cerca de la fuente Amimone, bajo un plátano, para servirse de ella contra Heracles.


 


Las representaciones nos la muestran como una criatura de cuerpo informe, de la q1ue surgen numerosas cabezas, de 5 a 12. Algunas leyendas nos dicen que poesía incluso 50 o 100. Se decía que la cabeza central, representada a veces con los rasgos de un rostro humano, era inmortal. Sus fauces exhalaban un aliento mefítico que resultaba letal para quien se acercara, las cabezas, aunque cercenadas, volvían a crecer sin cesar. Euristeo ordenó a Heracles que matara a la temible criatura, y éste, que conocía su fama, llevó consigo a otro joven héroe, Iloao, hijo de su hermano mortal Ificles. Ambos llegaron en un carro de guerra a la antigua ciudad de Lerna, se adentraron en el pantano y encontraron la serpiente en su madriguera subterránea cerca de la fuente Amimone. 





Heracles disparó sus flechas encendidas hacia la caverna, obligando así al monstruo a salir al descubierto. Apenas Heracles lo vio serpentear hacia fuera, lo atacó con su espada curva, pero del tronco de cada cabeza cercenada crecían dos nuevas, y el héroe no veía posibilidad alguna de éxito. Además, Hera, prosiguiendo su incansable lucha contra Heracles, envió en socorro de la hidra a un cangrejo gigante, Carcino, que mordió al héroe en el talón. Heracles tuvo que dejar la lucha con la hidra para aplastar al cangrejo, pero entre tanto meditaba nuevas tácticas para enfrentarse al terrible adversario.


 


Mandó a Iolao a procurarse tizones ardientes, con los que poder quemar las carnes del monstruo, impidiendo de este modo el crecimientote nuevas cabezas, y el joven así lo hizo, consumiendo todo el bosque de le zona; después de una larga lucha, el la que Heracles cortaba las cabezas e Iolao quemaba inmediatamente su tronco, sólo le quedó a la hidra la cabeza central, aquella a la que se consideraba inmortal. 
Hercules
Heracles también le rebanó, la enterró en el camino que unía Lerna con Eleunte y puso una gran roca sobre la cavidad. Heracles sumergió sus flechas en la sangre de la hidra para hacerlas letales, y luego regresó a Micenas junto con Iolao. El cangrejo Carcino, a quien Hera quiso recompensar por el sacrificio consumado, fue acogido en el cielo, y formo la constelación de cáncer, junto a la de leo.
 


Según una versión del mito, Euristeo se negó a considerar esta hazaña como uno de los trabajos encomendados a Heracles, a causa del papel determinante desempeñado en la empresa por Iolao.



sábado, 4 de junio de 2011

Dionisio Baco

Dioniso Baco II

Los Borrachos o el Triunfo de Baco - Velázquez

Encontrándose un día en la isla de Naxos, Dioniso vio en la orilla a una bellísima joven dormida. Era la hija de Minos, Ariadna, que Teseo había traído consigo de Creta tras matar al Minotauro, pero a quien después había abandonado. Afrodita la consoló haciendo que Dioniso la tomara por esposa y le regalara una corona de oro forjada por Hefesto. Los dioses asistieron a las bodas y cubrieron de regalos a ambos esposos. Ella, después de darle tres hijos: Evantes, Enopio y Estáfilo, obtuvo el don de la inmortalidad y fue transformada en lo que más se llevaba en la época: una constelación.

Dioniso conquistó la India, lo que hizo no sólo por la fuerza de las armas, sino también con un poco de trampa, mediante sus encantamientos y poder místico. Falta le hacían sus artes divinas, porque al parecer el ejército invasor en vez de lanzas y escudos empleaba pámpanos, troncos de vid y panderetas. Ahí tuvo su origen el cortejo triunfal con el que se acompañaba el dios, y que consistía en un carro tirado por panteras, adornado con pámpanos y yedra y acompañado por sátiros, silenos, bacantes y otras divinidades menores.

Otros mitos señalan que también visitó Mesopotamia y Egipto. Llegó a Tebas decidido a fundar una religión cuya finalidad consiste en abatir la soberbia de la razón humana mediante la exaltación de los instintos, el éxtasis, la magia y el misterio.



Tras estas gloriosas expediciones volvió a Grecia, pero ya no era el dios rudo de las montañas de Tracia, sino que se había afeminado tras su contacto con los asiáticos, y ahora poseía los rasgos de un hermoso adolescente vestido con una larga túnica y tocado con una guirnalda de flores. Su culto era un complejo de ritos desenfrenados, por lo que fue acogido con desconfianza y hostilidad. El rey de Tracia, Licurgo, se declaró contra él. Obligado a huir, buscó asilo cerca de Tetis, en las profundidades del mar. Después castigó a Licurgo, que había hecho prisioneras a las bacantes, volviendo estéril al país y privando de la razón al rey, que mató así a su propio hijo pensando que era una cepa de viña. La desolación no acabó en Tracia hasta que Licurgo, por orden del oráculo, fue llevado a la montaña Pangión y allí lo descuartizaron atado a cuatro caballos.

Dioniso tampoco fue bien acogido por Penteo, rey de Tebas, que a pesar de que era su primo lo encarceló. Dioniso se fugó y enloqueció a la madre de Penteo y de paso a todas las mujeres tebanas, que no tenían culpa de nada. Transformadas en Ménades, llegaron a Citerión para celebrar las fiestas en honor al dios. Penteo fue tan tonto de seguirlas. Estaba claro que nada bueno podría salir de aquella excursión, pero debía de ser un poco marujón y el impulso fue superior a él. Llegó en el momento en que las participantes se encontraban en pleno frenesí, de modo que su propia madre lo confundió con un animal y lo despedazó.



Algo parecido sucedió en Argos cuando sus habitantes se negaron a reconocer la divinidad de Dioniso. Volvió a tomarla con las mujeres, según la proverbial e inveterada misoginia griega, que asentaba sus reales desde que Hesíodo describió la creación de Pandora y encontró luego un buen continuador en Aristóteles: éste afirmó rotundamente que las mujeres eran biológicamente inferiores al varón. “La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades”, dijo incluso. Muy bella y ecuánime es también la opinión de Pitágoras, según el cual “Hay un principio bueno, que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo, que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”. Según el concepto griego, una mujer sólo era valorada según su fertilidad, puesto que su papel quedaba relegado al hogar y a la reproducción, como meros recipientes. De modo que, al no deberles especial consideración, el dios enloqueció a las pobres mujeres haciéndolas vagar por el campo profiriendo mugidos como si fuesen vacas y llegando a comerse a sus propios hijos.

Porque además tanto daba que el comportamiento de la mujer fuera ejemplar; igualmente podía recibir castigo. Los crueles azotes que recibía en Alea un grupo de mujeres durante las fiestas de las Agrionias se debía al recuerdo de las hijas de Minias, las únicas que se negaron a tomar parte y permanecieron en sus casas, afanosas, decentes, aguardando el regreso de sus esposos. Dioniso intentó primero seducirlas por las buenas, bajo la apariencia de un hermoso joven, pero no consiguió nada. El dios manifestó su enfado convirtiéndose en toro, y como esto no pareció impresionar mucho, después se hizo león, y finalmente pantera. Aterrorizadas por este derroche de fenómenos paranormales, las jóvenes, siguiendo la costumbre, enloquecieron. Sintieron deseos de engullir carne humana, y entre las tres despedazaron a uno de sus hijitos. Dioniso transformó a una en ratón, a otra en lechuza y a la tercera en búho, y los griegos rememoraban el acontecimiento organizando cada dos años una fiesta llamada Skiereia que consistía en maltratar mujeres. En palabras del profesor Walter F. Otto, “la famosa crueldad de esta costumbre burla cualquier interpretación inocua”.



Dioniso bajó a los infiernos en busca de su madre, que había muerto consumida por el rayo, manifestación suprema de Zeus. Tras resucitar su carne mortal se la llevó al Olimpo, en donde la entronizó con el nombre de Tione pese a la oposición de Hera.

Fue el dios de la alegría, el vino y el desenfreno. Ya los griegos lo llamaron también Baco, nombre con el que pasó a los romanos. Y hoy es un buen día para festejar a Dioniso, que como no somos griegas no nos pasará nada.



Bibliografía: 
Mitología griega – F. L. Cardona 
Dioniso: mito y culto – Walter F. Otto

viernes, 1 de abril de 2011

Leyenda china. La honestidad

 
Se  cuenta que allá para el año 250 A.C., en la China antigua, un  príncipe de la  región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la  ley, él debía casarse.

Sabiendo  esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver  quién sería digna de su propuesta.

Al  día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración
especial a  todas las pretendientes y lanzaría un desafío. Una anciana que
servía en el  palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe.

Al  llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que
ella quería ir a la celebración.  Sin poder creerlo le  preguntó:  "¿Hija  mía,
que vas a hacer allá?  Todas las muchachas más bellas y  ricas de la  corte
estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza.  Sé que debes estar
sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura".

Y  la hija respondió:  "No,  querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás  seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos  cerca del príncipe. Esto me hará  feliz".

Por  la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más  bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones.

Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío:  "Daré  a cada una de
ustedes una semilla. Deben cultivarla con amor y hacerla crecer. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida por mí, esposa y futura emperatriz de China".

La  propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones,  etc.

El  tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la  jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que  si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el  resultado.

Pasaron tres meses y nada brotó.  La joven intentó todos los  métodos que
conocía pero nada había nacido. Día tras día veía más lejos su  sueño, pero su amor era más profundo.

Por  fin, pasaron los seis meses y nada había brotado. Conciente de su esfuerzo y dedicación la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para  estar cerca del príncipe por unos momentos.

En  la hora señalada estaba allí, con su vaso vacío.  Todas las otras
pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más
variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Finalmente,  llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció su  resultado.

Aquella  bella joven con su vaso vacío sería su futura esposa. Todos los
presentes  tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había  escogido justamente a aquella que no había cultivado  nada.

Entonces,  con calma el príncipe explicó:  "Esta  fue la única que cultivó la
flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz:  la flor de la honestidad.
Todas las semillas que entregué eran estériles".


miércoles, 20 de octubre de 2010

Los gatos de Ulthar



Se dice que en Ulthar es un pueblo situado más allá del río Skai, nadie puede matar un solo gato; cosa que creo firmemente cuando contemplo el que tengo ronroneando ante el fuego. Pues el gato es enigmático, y está familiarizado con las cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto, y depositario de las leyendas de las ciudades olvidadas de Meroe y Ophir. Es pariente de los señores de la selva, y heredero de los secretos de la vieja y siniestra África. La Esfinge es su prima, y recuerda lo que ella ha olvidado.


En Ulthar, antes de que sus diputados prohibiesen matar gatos, vivían un viejo campesino y su esposa que disfrutaban poniendo trampas a los gatos del vecindario para matarlos. No sé por qué lo hacían; hay quienes detestan los maullidos por la noche, y no les gusta que los gatos anden furtivamente por patios y jardines al anochecer. Sea cual sea el motivo, este viejo matrimonio gozaba atrapando y matando todo gato que se acercaba a su casucha miserable; y por lo que se oía después en la noche, muchos de los lugareños sospechaban que tenían un modo de matarlos de lo más singular. Sin embargo, no hablaban de esto con el viejo matrimonio, debido a la habitual expresión de sus rostros arrugados, y a que su choza era muy pequeña y estaba oculta y oscurecida bajo unos olmos corpulentos, en el fondo de un patio abandonado. En verdad, aunque los dueños de los gatos odiaban a estos viejos, los temían aún más; y en vez de tacharles de brutales asesinos, se limitaban a cuidar que ninguno de sus adorados gatos se aproximara impensadamente a la apartada casucha oculta bajo los árboles sombríos. Cuando por un descuido inevitable se perdía alguno, y se oían los maullidos por la noche, su dueño lloraba con impotencia, o se consolaba dando gracias al Destino por no haber sido uno de sus hijos el desaparecido de este modo. Pues la gente de Ulthar era simple, y no sabía de donde vinieron los gatos al principio.

Un día entró por las estrechas y empedradas calles de Ulthar una caravana de extraños vagabundos que procedían del sur. Eran trotamundos atezados, distintos de aquellas gentes ambulantes que pasaban por el pueblo dos veces al año. Decían la buenaventura a cambio de plata en los mercados, y compraban alegres abalorios a los mercaderes. Nadie sabía de que país venían estos vagabundos; pero observaron que eran dados a rezar extrañas plegarias, y que a los lados de sus carromatos llevaban pintadas extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza de gato, de halcón, de león o de carnero. Y el jefe de la caravana llevaba un tocado con dos cuernos y un curioso disco entremedias.
Iba en esta singular caravana un niño que no te padre ni madre, sino sólo un gatito pequeño y negro al que cuidaba. La peste no había sido amable con él, aunque le había dejado este ser diminuto y peludo que dulcificaba su dolor; cuando se es muy joven, uno puede encontrar gran alivio en las vivarachas travesuras de un gatito negro. Así, el niño a quien las atezadas gentes llamaban Menes sonreía cada vez más, y llora cada vez menos, cuando se sentaba a jugar con su gracioso gatito en las escaleras de un carromato decorado de singular manera.

A la mañana del tercer día de estancia en Ulthar, Menes no pudo encontrar a su gatito; al verle sollozando en el mercado, los lugareños le hablaron del viejo y de su esposa, y de lo que se oía por la noche. Al escuchar todo aquello sus sollozos dieron paso a la reflexión, y finalmente a la plegaria. Extendió los brazos hacia el sol y rezó en una lengua que los lugareños no entendieron; aunque no pusieron mucho empeño en entender, ya que les acaparaban la atención el cielo y las formas curiosas que adoptaban las nubes. Era muy extraño, pero tan pronto como el niño hubo terminado su oración, parecieron formarse en lo alto las figuras brumosas y oscuras de unos seres exóticos, criaturas híbridas coronadas con los cuernos y el disco entremedias. La Naturaleza está llena de tales ilusiones para sugestionar a quienes son imaginativos.

Esa noche, los trotamundos se fueron de Ulthar, y no se les volvió a ver. Y los habitantes se sintieron consternados al darse cuenta de que no había un solo gato en todo el pueblo. De cada uno de los hogares había desaparecido el gato familiar; los grandes y los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos. El viejo Kranon, que era el burgomaestre, juró que habían sido las gentes atezadas quienes se los habían llevado en venganza por la muerte del gatito de Menes; y maldijo a la caravana y al niño. Pero Nith, el flaco notario, declaró que el viejo campesino y su esposa eran más sospechosos aun, ya que su odio a los gatos era conocido por todos, y más atrevido cada vez. Sin embargo, nadie se atrevió a acusar al siniestro matrimonio, aun cuando el hijo del posadero, el pequeño Atal, aseguraba haber visto a todos los gatos en aquel patio maldito, bajo los árboles, avanzando con paso medido, lenta y ceremoniosamente, y describiendo un círculo alrededor de la choza en fila de a dos, como si ejecutasen algún inaudito ritual. Los lugareños no sabían si creer al chico; y aunque temían que el malvado matrimonio hubiese hechizado y exterminado a todos los gatos, preferían no enfrentarse con el viejo campesino mientras no saliese de su patio tenebroso y repugnante.

Así que el pueblo de Ulthar se acostó embargado por la ira y la impotencia; y he aquí que al despertar por la madrugada, ¡cada gato había regresado a su hogar respectivo! Los grandes, los pequeños, los negros, los grises, los rayados, los amarillos y los blancos; no faltaba ninguno. Todos aparecieron gordos y lustrosos, emitiendo sonoros ronroneos de satisfacción. Los ciudadanos hablaban maravillados del caso. El viejo Kranon insistió una vez más en que había sido el pueblo atezado quien se los había llevado, puesto que los gatos jamás regresaban vivos de la choza del viejo matrimonio. Pero todos coincidieron en una cosa: que la negativa de los gatos a probar sus respectivas raciones de comida y su plato de leche era sumamente singular. Y durante dos días enteros, los lustrosos y perezosos gatos de Ulthar no tocaron alimento alguno, y se limitaron a dormitar junto al fuego o al sol. Una semana transcurrió, hasta que los lugareños observaron que no había luz, por la noche, en las ventanas de la choza oculta bajo los árboles. Luego, el flaco Nith comentó que nadie había visto al viejo ni a la vieja desde la noche en que desaparecieron los gatos. Una semana después, el burgomaestre decidió vencer su temor y visitar la vivienda extrañamente silenciosa; como era su deber, aunque tuvo el cuidado de hacerse acompañar por Shang el herrero y Thul el cantero como testigos. Y cuando echaron abajo la frágil puerta no encontraron otra cosa que dos esqueletos humanos limpios y mondos en el suelo de tierra, y un montón de cucarachas que corrían por los rincones oscuros.

Mucho se habló después entre los habitantes de Ulthar. Zath, el alguacil, discutió largamente con Nith, el flaco notario; y Kranon y Shang y Thul fueron abrumados a preguntas. En cuanto al pequeño Atal, el hijo del posadero, fue interrogado a fondo, y se le dio un caramelo en recompensa. Hablaron del viejo campesino y su mujer, de la caravana de atezados vagabundos, del pequeño Menes, de su gatito negro, de la plegaria de Menes y el cambio del cielo, de la acción de los gatos la noche en que se fue la caravana, así como de lo que encontraron mas tarde en la choza que hay bajo los árboles sombríos del patio repugnante.

Al final, los diputados aprobaron esa famosa ley de que hablan los mercaderes en Hatheg, y que discuten los viajeros de Nir; a saber: que en Ulthar, nadie puede matar un solo gato
.


jueves, 20 de mayo de 2010

Las primeras fresas (Cuento Cheroki)



Hace mucho tiempo, cuando el mundo era nuevo, el Creador hizo a un hombre y a una mujer. Los hizo a la vez, para que ninguno de los dos estuviera solo. Ellos se casaron y vivieron juntos y fueron felices durante mucho tiempo.

Luego, una tarde, el hombre volvió a casa de cazar y vio que la mujer aún no había empezado a preparar la comida. Estaba fuera recogiendo flores.
El hombre se enfadó.
- ¡Tengo hambre! – dijo en tono irritado-. ¿Acaso esperas que coma flores?
La esposa entonces se enfadó también. Quería disfrutar de la belleza de aquellas flores con su marido. Para eso las había recogido.
- Tus palabras me ofenden- le dijo. No voy a seguir viviendo contigo.

La mujer se volvió hacia el Oeste y se encaminó hacia el sol. Su marido la siguió, pero ella caminaba demasiado deprisa. No podía alcanzarla. La llamó a voces, pero ella no le oyó. Él se apresuró cuanto pudo, pero su esposa era mucho más ligera.

El sol observó al marido seguir a su esposa. Y vio la tristeza del hombre y se apiadó de él.
- ¿Sigues enfadado con tu esposa? – preguntó el sol.
- No – contestó el hombre-. Fui un estúpido dejándome arrastrar por la cólera. Pero no puedo alcanzarla para decirle que lo siento.
- Entonces te ayudaré- dijo el sol.

El sol iluminó la Tierra con su luz delante de la mujer. Y allí donde la luz resplandecía, crecieron las frambuesas. Estaban maduras y parecían apetecibles, pero la mujer no se fijó en ellas y siguió caminando.

El sol volvió a intentarlo. Brilló y crecieron los arándanos. Resplandecieron a la luz del sol, pero la mujer no se fijó en ellos. Siguió caminado hacia el Oeste, alejándose cada vez más de su marido.

El sol lo intentó entonces por tercera vez. Y allí donde sus rayos tocaron la Tierra, crecieron las moras. Eran oscuras y grandes, pero mucho más grande era la cólera de la mujer, que no se fijó en ellas.

Por fin, el sol se esforzó al máximo. Iluminó la hierba delante mismo de los pies de la mujer y aparecieron las fresas. Brillaban como fuego en la hierba y la mujer tuvo que pararse al verlas delante.

Se arrodilló, arrancó una y la mordió. Nunca había probado una cosa igual. Su dulzor le recordó lo felices que habían sido ella y su marido antes de reñir.
- Tengo que recoger algunos de estos frutos para mi marido-, se dijo, y se puso a recoger fresas.

Y todavía estaba recogiendo fresas cuando el hombre la alcanzó.
-
Perdóname, perdona mis palabras ofensivas- le dijo el hombre.
Y ella la respondió
compartiendo con el dulzor de las fresas.
Y de esta forma vinieron al mundo las fresas.

Hoy día, cuando los
cheroquis comen fresas, recuerdan que tienen que ser siempre amables unos con otros; recuerdan que la amistad y el respeto son tan dulces como el sabor de las fresas rojas en sazón.

martes, 11 de mayo de 2010

Historia de una amanecer




Esta mañana me levante y aun era de noche, me asome a la ventana, me gusta vivir ese momento del día, en que todo el mundo, esta aun dormido, solo el silencio roto por algún piar de los pajaritos, poco a poco el silencio desapareció, parecía que estaba rodeada de muchas aves, se escuchaba sus cantos fuertes y continuos, parecían que se habían puesto de acuerdo todos para hablar entre ellos.
El cielo estaba nublado, pero detrás de las montañas empezó a verse una pequeña luz, que poco a poco fue creciendo, las farolas se fueron apagando y la luz del sol lo invadió todo, fue entonces, cuando preste atención al pio de los pajaros, y escuche a las mamas pajaros, decirles a sus pequeños, que se pusieran el chubasquero sino querían mojarse, ellos que no, que no podrían volar bien, pues llevate un paraguas dijo una madre y de pronto todos a la par salieron volando de los nidos.
En ese momento sonó mi despertador y fui a llamar a mi hijo, le comente que estaba lloviendo que se llevara el chubasquero, contesto que no, pues llevate un paraguas le dije y de pronto me di cuenta que hacia un momento había vivido la misma situacion, seas pájaro, gata, gallina, persona, todas las madres somos iguales
Lebiram

sábado, 24 de abril de 2010

Leyenda de Persefone (la primavera)



Cuenta Homero que hubo un tiempo en el sureste de Europa en que reinaba la eterna primavera. La hierba siempre era verde y espesa y las flores nunca marchitaban. No existía el invierno, ni la tierra yerma, ni el hambre. La artífice de tanta maravilla no era otra que la diosa de la fecundidad de los campos, Démeter (la Madre Tierra). Démeter se convertiría en la cuarta esposa de Zeus, padre de todos los dioses, dueño y señor del cielo. De este matrimonio nacería Core (doncella), que después recibiría el nombre de Perséfone. La criatura era el amor de su madre, y una joven de gran hermosura. Solía acercarse a un campo repleto de flores a jugar. Un día pasó por allí el terrible Hades, dios de los infiernos, con su temible carro tirado por caballos. Se encandiló de Perséfone y la raptó para llevarla al subsuelo, a su territorio. Démeter, al no aparecer su hija, empezó a preocuparse y fue en su busca. Para ello encendió dos antorchas y, con una en cada mano, emprendió una peregrinación de nueve días y nueve noches en su busca.

Todo fue inutil. Al décimo día el Sol, que todo lo ve, se atrevió a decirle quién se había llevado a su hija. Irritada por la ofensa, Démeter decidió abandonar sus funciones y el Olimpo. Vivió y viajó por la tierra. Esta se quedó desolada y sin ningún fruto ya que, privada de su mano fecunda, se seca y las plantas no crecen. Zeus, ante el desastre que se estaba produciendo, se vio obligado a intervenir de alguna forma. Sin embargo no le fue posible devolver a Perséfone a su adorada madre. ¿Por qué? Porque la muchacha había probado el fruto de los infiernos (la granada) y le era imposible regresar al mundo de los vivos y abandonar las profundidades.

Así las cosas, se pudo finalmente llegar a un compromiso. El acuerdo permitía a la joven mantenerse al lado de su esposo durante un periodo del año (unos mitólogos dicen medio año, otros un poco más) y volver al lado de su madre. Cuando Perséfone regresa con su madre, Démeter muestra su alegría haciendo reverdecer la tierra, con flores y frutos. Por el contrario, cuando la joven desciende al subterráneo, el descontento de su madre se demuestra en la tristeza del otoño y el invierno. Así se renueva anualmente.


jueves, 10 de diciembre de 2009

El misterio de James Bartley







James Bartley era un marinero inglés de 21 años cuando realizó su primer viaje a bordo del ballenero The Star of the East. Corría el año 1891, y el barco iba tras una ballena, navegando en el Atlántico Sur. Frente a la costa de las Islas Malvinas. Perseguían un cachalote, la más grande de las ballenas con dientes.


Los cachalotes son los mamíferos que se sumergen más profundo en el océano; y es el animal carnívoro más grande sobre la Tierra. Puede medir hasta 25 metros de largo y su cuerpo alcanza una temperatura algo superior a los 40 Cº. Tiene una cabeza enorme, su boca es mayor a la de cualquier otro animal.


En un determinado momento, los arponeros avistaron el cachalote y dieron la voz de alarma al resto de la tripulación. Todos se aprestaron a la caza y se pusieron en movimiento. Desde el barco, echaron al agua dos botes más pequeños con el cargamento necesario para acercarse al animal y apresarlo.


Cuando se encontraban más cerca, un arponero atravesó el cuerpo de la ballena con un arpón submarino.El animal se agitó violentamente por el dolor, y de un coletazo volcó uno de los botes. Todos sus tripulantes cayeron al agua. Apremiados por la situación, los integrantes del bote restante se apresuraron a rescatarlos, y pudieron salvar a todos, excepto a dos de ellos, entre los que se encontraba el marinero Bartley. Luego de una intensa búsqueda sin obtener resultados, se pensó que se habían ahogado.


Finalmente, el cachalote murió, y tras conducirlo a la costa, comenzaron a abrirlo. En esos tiempos, el aceite de ballena era muy apreciado por su altísimo valor, ya que se empleaba para fabricar muchos productos. De los intestinos del cachalote se obtenía el ámbar gris, una sustancia cerosa que se utilizaba para fabricar perfume. Al abrir el animal, se encontraron con un bulto en el interior de la ballena, y creyeron que era el ámbar gris… Pero el bulto se movía.¡Era James Bartley! Estaba vivo, pero muy pálido. Los demás marineros debieron reanimarlo con agua helada de mar para que volviera en sí. Cuando despertó, comenzó a vociferar y a intentar golpear a todo el que se le acercara. Se volvió loco y tuvieron que atarlo a la cama de su camarote.

Lentamente se mejoró. Lo único que recodaba, tras ser tragado por la ballena, era que permanecía en una total oscuridad, deslizándose lentamente por un conducto blando y viscoso al tacto, y que antes de perder el conocimiento, había sentido muchísimo calor.A su regreso a Londres, Bartley se dedicó a ser zapatero remendón, y murió tranquilamente en su cama en 1909.


¿Cómo pudo alguien seguir con vida después de ser tragado por un cachalote?... ¡Es todavía un misterio!

viernes, 27 de noviembre de 2009

Pegaso, el caballo alado


Pegaso era un caballo blanco con alas, nacido del encuentro entre Poseidón, el dios griego del mar y de los caballos, y Medusa, una de las tres Gorgonas. Cuando Perseo, mitad dios por tener a Zeus como padre, acabó con su vida tras una lucha cruenta, Pegaso nació del cuello de la Gorgona, al igual que su hermano, el gigante Crisaor, y al salir batiendo sus alas se elevó, momento en que aprovechó Perseo y subiéndose a él, escapó de las otras dos Gorgonas. Así nació Pegaso.
Su nombre, Pegaso, o Pegasus, proviene de Pagé que significa en griego “manantial”. Este fabuloso caballo, indomable, que volaba moviendo las patas como si corriera sobre el mismo aire, poseía el poder de hacer surgir agua allí donde pisase y poseía, además, un carácter indomable que lo convirtió en reto para aquellos que ansiaban tenerlo bajo su mando. Como, por ejemplo, Belerofonte.
Belerofonte, héroe griego hijo del Rey Glauco de Corinto, vivía obsesionado con capturar a Pegaso hasta que una noche Atenea, diosa de la razón, regaló una solución al ansioso héroe para capturar al rebelde caballo alado: una brida de oro que le permitiría domarlo. Y funcionó, convirtiéndose así Pegaso en el compañero de las hazañas mitológicas que más tarde llegarían. Ahora bien, un día Belerofonte quiso más, quiso convertirse en dios y llegar montado sobre el corcel hasta el mismo monte Olimpo. Zeus ante tal osadía mandó a un pequeño insecto a que picara a Pegaso, (otros cuentan que fue un rayo lo que le envió). Este, al sentir la punzada, se revolvió de tal manera que el pretencioso héroe corintio cayó al suelo quedando lisiado de por vida. Así Pegaso consiguió escapar de él y alejarse batiendo sus alas.



Por fin Pegaso volvía a volar en libertad. Pero cierto día ocurrió que en el monte de nombre Helicón se celebraba un concurso de preciosas voces. Tan bellas eran que el monte se fue elevando hacia el cielo sin control ninguno. Ante esto Poseidón mandó a Pegaso a dar un coz a la montaña para parar su exorbitado crecimiento, orden que fue cumplida. Ahora bien, donde Pegaso golpeó nació una fuente, la Fuente Hipocrene, fuente consagrada a la inspiración que proporcionan las Musas.
Además, Zeus lo nombró portador del rayo y del trueno, símbolos máximos de su poder, y el encargado de conducir el carro de Aurora, que con su paso anuncia día, antes del amanecer, la llegada de su hermano Helios, que no es otro que el Sol. Con el paso del tiempo, Zeus lo convirtió en una constelación formada por cuatro magníficas estrellas brillantes en forma de cuadrilátero.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La leyenda del Sol y la Noche


Hacía ya muchos años que el Sol besaba a la Montaña.

Con su resplandor la acariciaba de la cúspide a la falda.Marrón, amarilla o negra en sus extensas laderas, ella siempre daba hijos verdes: ornamentales o de suaves frutos.

El Sol enamorado le trajo un día a Arco iris y abrillantó el espacio infinito de azul. Con jirones de nubes hizo un collar muy blanco que ella movió coqueta alrededor de su garganta de piedra. Claro y diáfano, duraba el Día para siempre.

En cierta ocasión, Sol se vió obligado a separarse de Montaña. Fue cuando descubrió en un acantilado, una caverna cubierta de espesa vegetación. Helechos gigantes, hiedras y enredaderas formaban una tupida puerta que ni el más valiente rayo podía traspasar.Sol se puso frío de preocupación.

Él que era el centro del universo, no podía permitir que una simple cueva escapara de su luz.Radiante, esplendoroso, reunió toda la energía de su potente luz. Primero envió Rayos Tibios de la Alborada. Ágilmente lucharon contra Rocío y Escarcha hasta evaporarlos en un débil rastro de humo gris.

La cueva permaneció cerrada y sin luz. Después llegaron raudos Rayos de Media Mañana. Lucharon con todo su calor, pero no pudieron pasar de las enredaderas. Finalmente descendieron Rayos de Pleno Mediodía. Ardientes, verticales; quemaron piedras y marchitaron hiedras, pero la cueva se mantuvo cerrada y sin luz.

Sol, desaforado llamó a su hermano Viento. Viento rompió el collar de nubes de la hermosa Montaña. Así desató a Lluvia, agua precipitada que suelta y juguetona dio muchísimas vueltas antes de regresar a su mullida casa de algodón. Por horas, Viento y Lluvia azotaron a Montaña. Quebraron cedros, robles, ébanos y caobos, sin contar limoncillos, aguacates y un manaclar sin dueño.


Los pinos destrozados cubrieron grandes zonas, pero la cueva permaneció cerrada y sin luz.Cuando Viento y Lluvia se marcharon vencidos, hilos de plata descendieron incontenibles: Montaña lloraba sus árboles caídos. Tras el susurro de riachuelos, una mujer de sombras, con piel hecha de sueños y pies transparentes, con larga cabelleza a modo de manto sobre el cuerpo desnudo, salió de la caverna.

Un grito agudo, como de ave triunfante salió de su garganta. Calor, Lluvia y Viento había vencido, ¿dónde estaba ese Sol arrogante?Sol regresó en ese mismo instante. Clavó en la extraña sus pupilas de fuego. Sin poder soportarlo, ella corrió a ocultarse, pero sus pies de agua se le voltearon presos de las raíces brotadas.

Un grito de dolor se escuchó en el silencio y Viento lo bautizó "jupido".Cubrió sus pies distintos con su melena enorme. Perdida, elevó altiva su mirada de orgullo. Desafiante clavó en el astro sus pupilas de abismo.Valiente, Sol enfrentó aquella ira por él desconocida, pero lanzas de hielo penetraron en su cuerpo candentes y enigmas y misterios, preguntas sin respuestas hirieron brutalmente su cuerpo hecho de luz.

Fue en ese momento que escaparon unidos los colores de la vida: azul, rojo, amarillo... dejaron el espacio a uno solo más fuerte que creció incontenible amenazando a Sol. Entonces Montaña se removió temblando desde la tierra llana, retorciendo su cumbre. Todos los hijos verdes se estremecieron juntos y desencadenaron un poderoso alud.

Entre lluvia de piedras y sacrificio de árboles Sol se recuperó.Cegada para siempre, Ciguapa tambaleaba. Sus pies volteados negáronle equilibrio. Y ahora que no podía darle a nadie la espalda, si entraba o si salía del refugio de piedra fue de vida o de muerte... Cayó precipitada y su larga melena brillante de betún iba cubriendo todo con su oscuro misterio: los árboles, las peñas, los ríos y sus orillas, bohíos y corrales, valles, pueblos y riscos... La Noche había nacido para oponerse al Sol.

Desde entonces, la claridad termina después de doce horas de cálido esplendor. El Sol besa a la Montaña. La rodea de Arco iris, de un infinito azul, después se va prudente dando paso a esta Noche que oscura y silenciosa hace brillar estrellas en su enorme melena de apagado carbón......

A veces, en luna llena, Montaña se apiada de Noche Serena. La deja entrar con la tristeza prendida en su melena... dicen que va derecho hasta el charco de plata que hay en su antigua cueva y con polvo de estrellas se lava sus dos pies.






(leyenda Republica Dominicana)

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La oscuridad


Como siempre, Julia sólo pulsó el botón de parada del vídeo cuando desaparecieron los últimos títulos de crédito de la película y la niebla se apoderó de la pantalla. Una vaga inquietud comenzó a apoderarse de ella. No tendría que haber visto una película de terror a horas tan tardías. Eran más de las doce y no le quedaba más remedio que acostarse y apagar las luces.


Estaba sola en casa, a excepción de su hijo pequeño, que dormía plácidamente en la pequeña cama de su habitación. Su marido tenía turno de noche en la fábrica y no volvería hasta las siete de la mañana. Se había sentido aburrida y había puesto la película, una historia de muertos vivientes que la había impresionado más de lo que ella pensaba. La película duró más de la cuenta y ahora ella no tenía más remedio que apagar las luces y acostarse sola; tenía que levantarse temprano para ir a trabajar, iba a ser un día muy atareado, y no podía demorar más tiempo el momento de apretar el interruptor.


Miró el reloj y la cama vacía e intentó borrar de su mente el oscuro temor de siempre a la oscuridad, a dormir sola, al espacio vacío debajo de su cama, a los armarios que, a esas horas de la noche, parecían ominosos y amenazadores. Uno de ellos tenía una puerta levemente abierta. La cerró del todo. Esa rendija de oscuridad siempre la había asustado, le parecía que, de repente, la rendija comenzaría a ampliarse, provocada por una mano invisible que empujaba la puerta. Notó como su pulso se estaba acelerando. No tenía que haber visto esa película. Lo que le había parecido entretenido a las diez de la noche, cuando podía oír las animadas conversaciones de los vecinos que le llegaban por la ventana entreabierta, ahora le parecía terrorífico.



El silencio se extendía por todo el edificio y ella casi podía notarlo como un zumbido sordo y constante en sus oídos. Por fin, decidió irse a dormir y desterrar de su mente todos esos absurdos temores.



No obstante, no pudo evitar cumplir con su inevitable ritual. Antes de apagar las luces miró debajo de la cama. Como siempre, nada. Nunca había encontrado nada que la pudiera intranquilizar, pero jamás, desde su infancia, había dejado de echar un vistazo. Aunque su marido se reía de sus miedos y, al principio, había intentado desterrar esa manía, con el tiempo la había aceptado como una pequeña excentricidad y, salvo alguna broma ocasional al respecto, la había dejado por imposible.

Después, lo de siempre. Se dirigió hacia el interruptor de la luz, lo apagó y, corriendo, se quitó las zapatillas y se metió en la cama, tapándose a continuación la cabeza y sintiendo su corazón latir algo más rápido de lo acostumbrado. La oscuridad la aterrorizaba. Intentó concentrarse en pensamientos alegres, su marido besándola por la mañana cuando llegara, su hijo de un año y medio despertando y buscándola; pero era imposible. Cuando dormía sola, antes de que el sueño se apoderase de ella, solamente miedos oscuros e ideas terroríficas venían a su mente. Solamente podía pensar en manos que la cogerían por los tobillos desde debajo de la cama, en la puerta del armario abriéndose con un crujido siniestro para dar paso a un ser de pesadilla... Sus manos atenazaban el borde de las mantas, rogaba que el sueño le sobreviniese pronto y despertar, como siempre, en la habitación bañada de luz.


Supuso que había pasado una media hora cuando comenzó a invadirla aquella agradable laxitud, la flojedad en sus miembros y su mente que ella siempre identificaba con la llegada del sueño salvador. Pero algo hizo que esa sensación desapareciese bruscamente. Oyó un ruido debajo de la cama. Su corazón comenzó a latir cada vez más deprisa, su boca se abrió, pero no pudo gritar. Pensó en un ratón, algún pequeño animal que reptaba por el suelo y que desaparecería en cualquier momento. Se aferró a esa idea con desesperación, para darse cuenta con un infinito de que aquel ruido no podía causarlo ningún vulgar ratoncillo. Eran unos siniestros crujidos, seguidos de una espantosa caricatura de respiración, algo así como el ruido que emite un asmático en una crisis, un espantoso y cavernoso gorgoteo. La mente de Julia comenzó a escapar hacia las regiones oscuras de la locura y el espanto infinitos. Aquello estaba reptando debajo de su cama, moviéndose siniestramente en la oscuridad, y aquel sonido de respiración parecía casi humano. En cualquier momento una oscura garra surgiría de debajo de su cama y atraparía su mano agarrotada por el terror, y algo monstruoso caería sobre ella. ¡Ahora, ahora, ahora! Esta palabra se repitió en su cabeza cada vez más deprisa, mientras Julia esperaba el momento fatídico, mientras su corazón latía desbocado, amenazando con estallar. ¡Ahora, ahora, ahora...!

El marido de Julia nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de trabajar. Sus infrahumanos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo encontraron. Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas. Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la cama. Un pequeño cuerpo asfixiado que, gateando, había ido a enredarse en unos plásticos, muriendo asfixiado tras una horrible agonía.



¡Su hijo pequeño, muriendo ahogado bajo la cama de su madre que moría de terror!






Andrés Moreno G.