lunes, 19 de octubre de 2009

Leyenda de la luna




Dejadme que os cuente una historia de los Días de los Dioses, una historia que los maestros ya no cuentan, que los Hombres del Sol han prohibido, un cuento que ya sólo las mujeres conocen y comparten y sólo los bardos más valientes se atreven a cantar; dejadme que os cuente la historia de la Luna de Plata y la mujer de oscuros cabellos, de cómo las Estrellas Brillantes fueron creadas.

“Esta canción os la contaré cómo me la contó mi madre, y a ella su madre y la madre de su madre, hasta la primera mujer que desveló esta verdad, porque es una historia de mujeres que los hombres ya no quieren oír, aunque a los niños aun se les cuenta en la cuna, como una nana, la nana de las Estrellas que Brillan en el Cielo.






Hace mucho, mucho tiempo, cuando los Dioses aun moraban entre los Hombres de la Noche, cuando los Niños del Sol pisaron por primera vez el mundo y el cielo nocturno era oscuro y yermo, la Luna de Plata lloraba sola en el negro vacío, porque su amante el Sol de Fuego la había hecho daño; el joven rey del cielo matinal se creía por encima de ella y se reía de su inferioridad, porque los Dioses la habían condenado a seguirle eternamente, a ser un reflejo de su brillante luz y a ser su reina sometida.



La Luna recordaba los días felices de antaño, cuando los Hombres de la Noche los reverenciaban por igual, pues eran las luces que les guiaban y guardaban de la Oscuridad Sin Fin, cuando ambos se amaban sinceramente y no había orgullo en los ojos dorados del Sol; pero entonces llegaron los Niños de la Mañana, fuertes y arrogantes, crecidos a luz del astro rey; poco a poco sometieron a los Hijos de la Noche, y amaron por encima de todo al Sol que les daba calor y vida, que les daba luz brillante y abundancia y dieron la espalda a la Luna, porque detestaban la noche oscura plagada de amenazas y temerosos, se resguardaban en sus moradas esperando que llegase el nuevo día, cantando sus alabanzas al Sol en cada amanecer. Y él, sonriente, los escuchaba y comenzó a amarlos más que a nada, porque henchían su ego domeñando la tierra en su nombre, y empezó a mirar desdeñoso a su amante, pues sus Niños la ignoraban y la hacían menos a sus ojos ambiciosos.




Y así llegó el día en que ya no hubo amor entre el Sol y la Luna, pero ambos estaban condenados a compartir el cielo y la Luna lloraba cada vez que las hirientes palabras del Sol rozaban su espíritu, y parecía que nadie, inmortal o humano, escuchara sus lamentos descorazonados.



Una noche de verano, la Luna lloraba sus penas sobre una colina tapizada de fragante hierba, sus lágrimas parecían inconsolables y se derramaban sobre la tierra creando arroyuelos de luz de plata fundida.



Y entonces, entre su lamento, le llegó una voz de mujer. - ¿Por qué lloras, Luna? Y la Luna no podía creer que alguien por fin la escuchara, porque los Niños del Sol jamás la miraban, ni le prestaban atención. - Porque estoy sola, porque el Sol ya no me quiere, porque… - y la Luna le contó sus penas a la mujer desconocida. - Yo te entiendo bien, Luna, porque también he conocido la soledad y el desamor, pero no llores más por ese arrogante que no te merece, es un estúpido que no se da cuenta de que en realidad es él el que te persigue por las bóvedas celestes, y que sin ti su luz no tiene donde reflejarse.



Si te hiere es porque tiene miedo de la verdad: que sin ti la Oscuridad Sin Fin nos atraparía a todos, incluso a sus Niños, mientras dormimos en la noche. Eres bella y dulce, Luna, no llores más por quién no ha sabido merecerte, porque aun hay quién te ama en esta tierra. Y diciendo esto, la mujer se perdió entre las sombras, la Luna, conmovida por sus palabras, no supo qué contestarle y tan sólo contempló su pálida belleza enmarcada por unos largos cabellos oscuros como la más profunda de las noches.



Y en el corazón de la Luna una chispa se encendió, una cálida sensación que empezaba a llenar todo su ser y deseó encontrarse con aquella mujer una vez más, para agradecerle sus palabras, para ver de nuevo su oscuro cabello. Pero como Luna no podía pisar el suelo mortal, así que tomó forma humana: su figura esbelta era de blanca piel, sus cabellos plateados brillaban y sus ojos eran de un gris azulado, profundos, sabios e intemporales. Vestida con níveas ropas, camino por la tierra dejando vacío el cielo. Por días vago la Luna buscando a la mujer de oscuros cabellos, durante el día se sentía desfallecer bajo los rayos del Sol y se escondía temerosa de sus Niños, pues eran de rostros fieros y miradas salvajes, que tomaban aquello que deseaban.



Era el séptimo día de su búsqueda y temía ya no encontrar a la mujer, pero sus pasos la llevaron a un bosque profundo y fresco, donde ni siquiera el arrogante Sol conseguía disipar todas las sombras; allí se sintió cómoda y recuperó los ánimos, más cuando su errante caminar la llevó a una pequeña aldea entre los árboles; observó a sus moradores desde la distancia, no eran Niños del Sol, sus facciones eran más suaves y sus voces más amables, y tenían los ojos grises y azules claro de los Hombres de la Noche.



El corazón de la Luna gritó de felicidad, porque hacía tiempo que los creía desaparecidos para siempre, pero aun quedaban allí los antiguos moradores, hermanos amados de tiempos mejores. - No está bien espiar – dijo una voz a su espalda, sobresaltándola. La Luna se volvió y contuvo el aliento al encontrarse frente a la mujer de oscuros cabellos, sus brillantes ojos verdes la miraban divertidos. - Yo no estaba espiando – habló la Luna, - te estaba buscando a ti. - ¿A mí? - Sí, para darte las gracias por tus palabras la otra noche.



Y entonces la mujer pareció comprender y darse cuenta de que estaba ante la Luna, una sonrisa franca y cálida se dibujó en sus labios. - No hay qué agradecer, tan sólo decía la verdad, y veo que aun en forma humana sigues siendo tan bella como en lo alto del cielo. Y la Luna sonrió, perdiéndose por unos segundos en aquella mirada verde que parecía beberse su ser. - No eres una Hija de la Noche – dijo por fin la Luna al darse cuenta de que sus rasgos diferían de los hombres de la aldea. - Tus ojos ven mucho, pero no es cierto del todo; mi madre si lo era, pero mi padre era un Niño del Sol – la mujer miró hacia la aldea, dando la espalda a la Luna, su voz se tornó reflexiva, melancólica. – Ambos se amaron desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron, no importaban sus creencias, ni el color de sus ojos, ni si seguían a la Luna o al Sol, tan sólo el amor que nació en sus corazones y que unió sus destinos.




“Pero en el pueblo de mi padre no podían ser felices, la gente les miraba con odio y desprecio, insultaban a mi madre y exigían a mi padre que la abandonara. Temiendo por sus vidas y la mía, que estaba en camino, se fueron del pueblo, mas aun así no dejaron de ser perseguidos, fueran a dónde fuesen, los Niños del Sol les maldecían y amenazaban. No sé cuanto tiempo huyeron de aquellos que no querían comprender que hay cosas más fuertes que el odio irracional; yo vine al mundo en el camino, durante el crepúsculo, cuando el Sol se va para que llegues tú y para la gente de mi padre fui la peor de las abominaciones, pues por mis venas corre la sangre de dos pueblos, según ellos, uno superior y otro sometido, pero jamás unidos.



“Mis padres siguieron buscando un lugar seguro para vivir y por fin encontraron esta aldea escondida de la mirada del Sol, sin embargo, los rigores del camino y la vida a la intemperie acabaron con las fuerzas de mi madre, enfermó y nada se pudo hacer por salvar su vida. Mi padre, que tanto la amaba, tomó sus armas y salió a buscar su venganza, dejándome al cuidado de estas gentes; dicen que se llevó a muchos Niños del Sol a la Oscuridad sin Fin antes que los Guerreros Llameantes le diesen caza y muerte.



“Al final el odio me arrebató lo que más quería, pero yo no quiero dejar que ese sentimiento que envenena el corazón me ciegue, quiero amar a mis dos pueblos y pensar que algún día los Hombres de la Noche salgan del olvido y ambos convivan en armonía.




La Luna adivinó las lágrimas en los ojos de la mujer y sin pensarlo la abrazó para consolarla. Por un tiempo permanecieron así, sin decirse nada, mientras la noche se iba cerniendo sobre el mundo, envolviéndolas en profundas sombras, bajo la mirada cómplice del bosque. - Siento que algo nos une – dijo la Luna deshaciendo el abrazo, - a ti y a mi, que hemos perdido tanto. - Pero no estés triste, Luna, ni por mi, ni por ti, aun estamos vivas, eso es lo que importa – la mujer sonría y sus ojos brillaban.



Y la Luna y la mujer de oscuros cabellos hablaron largo rato, de ellas, de las cosas que las inquietaban, hasta que unos niños se acercaron a ellas, pequeños huérfanos que, como la mujer, habían perdido a sus padres a manos de los Niños del Sol.



Los chiquillos querían que les contaran un cuento, así que la Luna, cogiendo al más pequeño de ellos en su regazo, les narró antiguas historias de los Dioses, de cuando Jaraka, el de Ojos de Halcón, encontró la Espada Carmesí y se enfrentó contra Maraka, su hermano gemelo, que desafió a sus Mayores. O de Ara, la primera hija de Kalet, Señor de Tormentas, que bajo su lanza unió naciones enteras a las que gobernó hasta que los Dioses la llamaron a su lado.



- ¿Y por qué no hay luna esta noche? – preguntó una niña. - Porque a veces hasta ella tiene a alguien a quién quiere ver y se toma un pequeño descanso para poder hacerlo – contestó la mujer de oscuros cabellos, la Luna le sonrió. - Yo quiero que vuelva, la noche es muy oscura y da miedo ahora que no está – dijo otro de los niños. - Pero no hay que ser egoístas, la luna brilla todas las noches para nosotros – les dijo la mujer y los pequeños asintieron. – Y ya es hora de que os vayáis a dormir, vamos, enseguida iré a daros las buenas noches.